Cada director de cine tiene un estilo propio y una manera particular de contar historias con imágenes. Siempre dejan una huella que los identifica. De esa manera los fanáticos de un director pueden deducir cuáles son sus films sin saberlo con anticipación. Eso es lo que me pasa cuando veo las películas de Clint Eastwood, que tiene una especie de línea editorial bien marcada. Tengo las manos llenas de sangre. Estoy sucio seria la confesión perfecta del inspector Harry Callahan. Sin embargo, son palabras que salen del corazón arrepentido de un veterano de guerra llamado Walt Kowalski.
De todas formas, independientemente de qué personaje interpretado o dirigido por Clint Eastwood se haya sincerado de tal manera, la mayoría cumplen el rol de antihéroes y se sienten sucios debido un pasado que cobra venganza y los atormenta. Pasado que se convierte en una pesada cruz que llevan sobre sus espaldas y que carga con una o varias muertes, ya sea por conflictos raciales (Invictus), una guerra (Gran Torino), malas decisiones (Million dollar baby) o por pura maldad (Los imperdonables).


















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