El final de Lost tendrá sus defensores y sus detractores. Me encuentro en el segundo grupo. Lo encontré forzado, ingenuo, tramposo, maniqueo. No me enoja el hecho de que no contestara las preguntas que me hicieron adicto a la serie y que podría denominar preguntas científico fantásticas, me refiero a la anomalía electromagnética, el maravilloso mundo de Dharma, la constante de Faraday, el movimiento de la isla, el ángulo en que debían entrar o salir los helicópteros para poder llegar a ella, los saltos temporales, etc sino que, aún dentro de la categoría de preguntas menos atractivas para mi…
A esta altura del fenómeno Lost no debe haber un solo seguidor de la serie que no posea una teoría o, al menos, un puñado de teorías para aplicar sobre lo que han estado viendo. A modo de repaso y sabiendo que esto no es un spoiler porque seguro ya han pensado en estas alternativas o leyeron sobre ellas vaya aquí un breve pantallazo de las toneladas de hipótesis que se han dicho y conjeturado por todas partes…
Pero acaso la maestra no nos decía que el objetivo de resolver los problemas matemáticos no era saber cuántas papas le correspondían a Pepito sino ejercitar la capacidad de razonar. Estamos hablando de la caja boba y de gente que dedica tiempo a pensar teorías que la ayude a entender lo que acaba de ver. Miren si luego hicieran lo mismo con los des informativos…
Los espectadores pergeñaron las más diversas teorías para explicar los episodios. Saltos temporales, universos paralelos, enfrentamiento entre dioses, el Edén, la Antártida… milagro, la caja boba nos ha hecho pensar. Está bien, pensar sobre qué pasa en Lost no es lo mismo que pensar en cómo cumplir con las Metas del Milenio, no nos ayuda a transformar las injusticias que nos rodean ni tampoco nos hace más sabios.
De la misma manera que muchos se han sentido tentados a pensar que la vida no tiene un sentido, o que, aun teniendo un sentido, no necesariamente tiene que ser de nuestro agrado cómo olvidar la fabulosa sentencia del escritor Kurt Vonnegut la vida no es forma de tratar a un animal, la revelación del sentido de lo que se ha visto en la isla podría disgustar a muchos televidentes.
Eso se explica por lo dicho anteriormente: la mayor virtud de Lost no es lo que nos ha mostrado, si no aquello que ha obligado a construir a sus seguidores como consecuencia de lo que no ha mostrado.
Lo que ha hecho de Lost el fenómeno televisivo que es no se trata de otra cosa que de la tormenta sináptica que ha desatado en el encéfalo de millones de personas a lo largo y ancho del planeta. Lost es un enigma, Lost es un sudoku, un crucigrama numérico, cinco años de suscripción a la revista Juegos de Mente. Y como consecuencia de ello, Lost es horas de apasionada charla entre televidentes, Lost es cientos de miles de páginas de internet y blogs y foros que creen haber descifrado el asunto. Lost es la cautivante búsqueda de un sentido.
Lost, la popular serie televisiva, se encuentra en su sexta y última temporada. Sus creadores y guionistas, J.J. Abrams y Damon Lindelof, han asegurado que todo, absolutamente todo lo sucedido en la misteriosa isla a lo largo de estos cinco años, tiene una explicación. El asunto es delicado. Porque el objetivo de Abrams y Lindelof de crear un televidente activo, curioso y capaz de armar el complejo puzzle propuesto por Losf puede convertirse en un peligroso búmeran que termine golpeando a los padres de la criatura.






















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