A Gus Van Sant, director de Mi mundo privado y Todo por un sueño, un cineasta independiente cuyo nombre había crecido en la gran industria, le ofrecieron, en 1998, hacer una remake de Psicosis. Después de analizarlo, Van Sant dijo algo más o menos así: Psicosis es insuperable. La única forma de hacerla de nuevo es hacerla igual, plano a plano, a la original. Yo la hago, pero la hago igual”. Seguramente el diálogo no fue exactamente de este modo, pero lo cierto es que la decisión de Van Sant, fuertemente criticada y cuestionada, fue tan honesta como inteligente, y demostraba, de este modo, que había entendido de qué iba este asunto.
En Psicosis no importa la historia, no importan los personajes, no importa si es en color o en blanco y negro, y tampoco importa si se ambienta en la década de 1960 o en 1990. Como sostenía Hitchcock, lo realmente importante en Psicosis es el montaje, la fotografía, la banda sonora, la forma en la que está narrada la historia, es decir, el cine. Claro, un cine que se valía de algunas técnicas en los 60 y que había cambiado bastante en la década de 1990. El impacto no iba a ser ni fue el mismo. Pero permitió a muchos jóvenes que no veían películas en blanco y negro acercarse indirectamente a un nombre imprescindible de la historia del cine, un caballero británico llamado Alfred Hitchcock.


















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